Amparo lleva casi cuatro décadas tejiendo espolines en Garín. Llegó guiada por los recuerdos y las historias que escuchaba en casa. Hoy es una de esas personas que encarnan el valor de lo artesanal, de lo aprendido con el tiempo y compartido entre generaciones.
Su historia empezó con su padre. Él entró en la empresa con apenas 14 años y siempre hablaba de Garín con orgullo: del ambiente, de la gente, de lo bien que se trabajaba. Cuando Amparo decidió dejar de estudiar, fue él quien la animó a comenzar en este oficio: «Me motivaba oír a mi padre contar historietas de lo bien que se lo pasaban, la unión que había. Dije: ‘Va, voy a probar’. Y hasta ahora, 39 años después».
Entre las anécdotas de aquella época que guarda con más cariño destacan las celebraciones a la Virgen que se hacían en la empresa. Cada sección asumía el papel de clavarios un año: organizaban lotería, asistían a misa, tiraban traca y se iban de merienda: «Nos lo pasábamos bomba. Una fiesta en una empresa con clavarios, traca… hacíamos de todo». Momentos que hablan de una forma de trabajar donde la convivencia y el sentimiento de pertenencia eran tan importantes como el oficio.

Tejer espolín: atención, intriga y satisfacción
Para Amparo, tejer espolín es mucho más que un trabajo. Requiere concentración constante, atención al detalle y una paciencia infinita, pero también ofrece una recompensa difícil de explicar con palabras: «Tejer espolín es una pasada. Es muy distraído, tienes que estar muy pendiente, pero me gusta mucho».
Cada nuevo dibujo empieza con una duda compartida entre los tejedores: cómo quedarán los colores, qué resultado tendrá el conjunto. Esa intriga se transforma en satisfacción cuando el tejido se convierte en traje y lo ven terminado: «Es muy bonito ver después el traje, lo guapas que están las falleras».
Elegir un favorito no es fácil. A veces, incluso, los colores generan dudas al principio. Amparo reconoce que «tejidos, están todos preciosos» y que siente debilidad por el blanco y también por los tonos oscuros. Entre los dibujos, menciona algunos con especial cariño: Elena, Valencia, Francia… aunque insiste en que todos tienen algo especial.

Aprender y enseñar: un legado compartido
Después de 39 años, Amparo sigue encontrándose con situaciones nuevas en el telar. Para ella, ese aprendizaje constante forma parte de la esencia del oficio. Considera que el conocimiento se transmite de forma natural: quienes saben enseñan a quienes llegan y todos se ayudan: «Vamos aprendiendo unos de otros».
Lo tiene claro: sin relevo generacional, el futuro de esta profesión es incierto. Ella misma aprendió gracias a otras personas que ya dominaban el oficio y cree firmemente en esa cadena de transmisión.

Paciencia, ante todo
Si tuviera que resumir en una palabra el requisito fundamental para dedicarse a este trabajo, no lo duda: «Paciencia. Mucha paciencia».
A quienes sienten curiosidad por la artesanía y las manualidades, Amparo les lanza una invitación sincera: «Que vengan y que prueben. Es precioso, es una pasada trabajar aquí. Pero siempre con paciencia».
Gracias, Amparo, por acompañarnos tantos años con tu talento, paciencia y pasión.
