El damasco es un tejido de seda del tipo sarga o raso. Su principal característica es el efecto de los dibujos Jacquard, llamados adamascados. Por un lado, la trama sirve de fondo y la urdimbre forma los dibujos, y por el otro lado, ocurre al revés. La cara que tiene brillante el fondo y mate los dibujos se considera como anverso. En la opuesta, ocurre lo contrario.

Los damascos tuvieron una gran tradición en Valencia durante el siglo XIX. Junto con los terciopelos, los espolines y los brocateles, fueron muy apreciados para la confección de ornamentos religiosos, o bien solos, por su belleza indiscutible, o bien combinados con otros tejidos.

Tuvieron gran notoriedad en la decoración de interiores y, con mucha asiduidad, en la elaboración de cubrecamas. Sus diseños florales, la mayoría de veces de grandes proporciones, y sus contrastes de brillos y mates proporcionaban relieves que los hacían muy valorados.

A principios del siglo XX, los diseños para damascos se multiplicaron de forma vertiginosa. Un gusto especial y exquisito para la decoración de interiores los convirtió en tejidos insustituibles.

De damasco a espolín

El dibujo Valencia, inspirado en la época de Luis XIV, teóricamente se tejió por primera vez en damasco. El éxito fue tan grande que se realizó en espolín con fondo adamascado, convirtiéndose en una de las grandes creaciones de la firma Garín.

Este diseño antiguo es uno de los que más prestigio y riqueza proporciona al traje tradicional de valenciana. La complejidad de su elaboración solo permite tejer unos 3 cm a la hora, lo que supone 22 cm al día.